Arruinando vidas

Arruinando vidas

Todas nuestras decisiones tienen consecuencias, ya sean para bien o para mal. Mi vida era como la de un chico normal, con los problemas clásicos de alguien de 17 años, es decir, pasar la prepa, andar con las chicas más guapas, ser el más popular… pero nunca pensé en que una prueba de embarazo cambiaría mi vida.

Todo comenzó en una fiesta, ya sé que es un cliché, muy de La rosa de Guadalupe, pero cuando pones en un mismo lugar a menores de edad con hormonas alborotadas, mucho alcohol y sin la supervisión de un adulto, cualquier cosa puede pasar.

En la casa de mi amigo Ramiro todos estábamos bebiendo como si no hubiera mañana, un trago de cerveza y un shot de tequila, otro caballito de tequila y un fondo a la cheve, y el círculo vicioso se repetía. Ahí estaba Luisa, la niña de mis ojos, la que me aceleraba el corazón y otras partes de mi cuerpo. Yo no era el más popular del salón, mucho menos de la escuela, pero tenía mi reputación de conquistador, y no lograr ligarme a Luisa provocaba que los demás se burlaran de mí. Me convertí de victimario a víctima de bullying.

La fiesta no fue la excepción para que se rieran de mí, de mi incapacidad para seducir a la chica de mis sueños. Ayudado con los litros de alcohol que me bebí, fui dispuesto a que Luisa aceptara ser mi novia y terminar de una vez por todas con las burlas. Crucé el comedor y la sala hasta llegar a donde estaba ella, le sonreí y cuando estaba a punto de robarle un beso, una mano a gran velocidad impactó mi rostro. ¡Pum!

Mis oídos zumbaban, la cabeza me dolió por unos instantes y cuando me recupere sólo escuchaba las risas, la que sería mi novia se había ido a esconder al segundo piso de la casa y yo moría de vergüenza. Fue un golpe mortal a mi hombría y mi ego, la furia se desbordó de mi ser y fui a buscarla.

La encontré escondida en uno de los cuartos, le reclamé por la cachetada que me había dejado en ridículo, me empiné un vaso de alcohol que encontré sobre la mesa de noche (no me pregunten qué era, sólo lo bebí para armarme de valor) y la besé. Después de eso todo se volvió negro, como el corte de una película. No recuerdo nada más.

Al día siguiente amanecí en mi cuarto, mi mejor amigo, Hugo, me marcó para felicitarme por el home run conseguido. Yo no tenía idea de qué hablaba y me lo contó. Dijo que después de que Luisa me había cacheteado en frente de todos, fui a su cuarto y nos encerramos. Ella fue la primera en salir, corriendo y con la blusa desacomodada.

Antes de colgar el teléfono, una patrulla llegó a mi casa, dos policías tocaron a la puerta, saludaron a mis padres y entraron. Lo siguiente ya se lo imaginarán, me esposaron y me dijeron que estaba acusado de violación. Fui sentenciado culpable semanas después.

Luisa me visitó en el tutelar para menores una sola vez, lo cual fue una sorpresa para mí. No dijo nada, sólo me mostró una prueba de embarazo positiva y un boleto de avión con el destino cubierto con sus manos. Iba a tener un hijo con la mujer que amo y a la cual agredí, pero nunca podría conocerlo, además debía permanecer encerrado y posiblemente al salir del tutelar me enviarían a un penal con los peores delincuentes de México.